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A Jesús Botaro se le ilumina el rostro cuando habla de su Chaouen. Nacido en Berlín y criado en Cádiz desde los cinco años, su esencia cosmopolita no reside en su carné de identidad (alemán), sino en la manera de abordar su trabajo fotográfico que por cierto, comparte con otro empleo ‘civil’ para una multinacional telefónica, pero eso no le resta fuerzas. Sólo necesita una pregunta para pasarse hablando los siguientes cinco minutos sobre su iniciativa cultural, la de unir mediante fotografías dos puntos tan distantes en muchas cosas, pero tan estrechamente unidas en otras, como son Chaouen -no en vano, ésta fue fundada por musulmanes expulsados de la Granada reconquistada- y Las Alpujarras. El camino, quizás para un incansable como él, se antoje sencillo. “Un día, estando en Chaouen, una niña de unos cuatro o cinco años me preguntó por qué cuando los fotógrafos hacemos fotos de Marruecos siempre salen cosas feas... y es cierto. Esto cambió completamente mi manera de trabajar”. Con esta máxima ya abordó, por ejemplo, una muestra fotográfica de la herencia del genocida camboyano Pol Pot. “Yo llevaba tiempo haciendo cosas allí, talleres de fotografía... Me pidieron hacer una exposición, les propuse la de Camboya y me dijeron que no, que querían una especialmente para ellos. Así que les dejé caer la idea de hacerla sobre Las Alpujarras. Querían que se las enseñase, porque están acostumbrados a que la gente diga “¡uy, qué se parece esto a Las Alpujarras!”. Marchó Botaro a Pampaneira, en la Alpujarra granadina, y allí la alcaldesa le pidió que se pusiera en contacto con el alcalde de Chaouen para hacer algo en común. “Así se fue institucionalizando todo. Luego, aquello acabó proclamándose I Encuentro Cultural Chaouen-Alpujarras” y dio pie a nuevas iniciativas, que a falta de confirmación, se centrará el próximo año, para su segunda edición, en un intercambio pictórico”.
A finales de junio ya se celebró la exposición en Chaouen, y para octubre o noviembre está prevista la misma en Pampaneira. La experiencia en Marruecos fue, para Botaro, “inmejorable. Estuve cuatro de los siete días que duró la exposición, y me encantó ver a la gente, que allí es muy agradecida, sonreír delante de una foto, sorprenderse”. A fin de cuentas esto es lo que convierte en especial su trabajo. “La interpretación por parte del visitante cobra mucha fuerza, porque no es una exposición al uso”, dice Botaro, mientras se sonríe de forma pilla. “Hay una cosa de esta exposición que no puedo contar, porque se perdería la esencia”, como el final de una película de misterio, casi. Y una vez que es convencido para explicar al menos al redactor su suerte de trampantojo, ríe. “La gente”, defiende, “sale diciendo que hay algo raro”. En su web, www.jesusbotaro.com, se expone una parte del trabajo realizado durante tantos años. Intentará, como propagador testarudo de sus fotografías que es, hacer rodar la exposición por esta tierra, a expensas siempre del apoyo de asociaciones culturales o instituciones. No estaría mal en este verano enjuto de iniciativas culturales.
www.diariodejerez.es PABLO FERNANDEZ